Es medianoche. La reja de hierro forjado del Panteón de Belén cede a tu paso. Bruma fría cubre los cipreses centenarios, y en el altar central la flama de una vela titila como si palpitara con el pulso de la tierra.
Camina con respeto. Cada sepulcro rodeado por un halo dorado conserva intacta su memoria histórica para el Libro de Epigrafía.
En el corazón del panteón se alza el mausoleo central diseñado por el arquitecto Manuel Gómez Ibarra. La flama solitaria respira en cadencia mística: una ofrenda a las almas que aún custodian el umbral.
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Las frecuencias de este recinto actúan como un resonador armónico entre lo material y lo invisible.